La prostitución, ¿mejor clandestina?
Muchas personas consideran inmoral el aborto. El asunto toca distintas sensibilidades porque, se mire como se mire, quitar un feto no es lo mismo que sacarse una muela. Pero la mayoría de los países desarrollados entendieron hace tiempo que es difícil obligar a una mujer a culminar un embarazo que rechaza, que es peor perseguir y encarcelar a las que lo interrumpan, y que es imprudente empujar esta práctica a la clandestinidad. Así que casi todos los gobiernos occidentales han regulado el aborto en plazos y supuestos determinados y dejan que cada afectada decida según su conciencia y sus circunstancias.
Muchas personas consideran inaceptable el consumo de las drogas ilegales. Sus efectos sanitarios y sociales son dañinos. Desde hace un siglo las autoridades de EE UU, primero, y de casi todo el mundo, después, han perseguido a productores, traficantes y consumidores. Las normas se endurecieron sucesivamente a golpe de alarma social (por ejemplo en los 80, cuando la heroína hizo estragos). El resultado es que las cárceles están llenas de tristes camellos o explotadas mulas, eslabones débiles de la cadena del narco, mientras la droga es abundante en la calle y su consumo elevado entre los ciudadanos: el 10% de la población española consume regularmente cannabis y un 1,2%, cocaína, según datos oficiales.
Muchas personas rechazan la prostitución. Pero ¿de verdad piensan que se puede abolir? Para empezar dejará de anunciarse en los periódicos. ¿Perderán con ello a muchos clientes, abandonará el oficio una sola mujer explotada? Si la prostitución fuera a desaparecer de un plumazo por ser ilegalizada, cabría el debate que quieren abrir los abolicionistas, bonito nombre que remite al fin de la esclavitud. Si el desafío, en realidad, es combatir a las mafias de la trata de mujeres y proteger a sus víctimas, ¿cómo ayudamos más? ¿Empujando a la clandestinidad?
En los países comunistas, oficialmente, la prostitución no existía. Era imposible, decían hace unas décadas los líderes soviéticos o cubanos, tal servidumbre en una sociedad socialista. Sin embargo, al turista extranjero le llovían las proposiciones sexuales de pago nada más bajarse del avión y antes de deshacer la maleta. Una idea repetida hoy por el feminismo es que la prostitución es intrínsecamente indigna para la mujer y nunca es ejercida voluntariamente. Es un diagnóstico cargado de buena intención pero demasiado simple para un asunto complejo, que está relacionado con una cultura machista y también con la débil condición humana, que merece tanto estudio sociológico como antropológico, que responde tanto a desigualdades de género como a los abismos económicos y en el acceso a la educación.
Los países han ensayado distintas vías para tratar la prostitución: en la mayor parte de EE UU es un crimen; en Alemania o en Holanda las meretrices tienen licencia, pagan Seguridad Social y se afilian a sindicatos. Suecia ensaya fórmulas nuevas: no persigue a las chicas pero sí a los clientes. En ningún lugar, ni en el Afganistán del burka, se ha erradicado el fenómeno. Incluso allí donde se ha legalizado el negocio, también opera la delincuencia organizada moviendo a mujeres indefensas entre burdeles y entre países. Ni la mano dura ni la regulación son recetas mágicas